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lunes, 19 de julio de 2010

El gusto de usar algo en la cabeza

Así como muchos, he sido un adicto de cabellera abundante y melenuda, que no se sacan el jockey - aquellos que no logren comprender el significado de la palabra tengan en cuenta que jockey es el gorrito con viscera muy popular entre los beisbolistas, camioneros, delincuentes, entre otros patanes de la sociedad, entre los que me incluyo - ni para almorzar.


Recuerdo bien la actitud de un profesor sobre ingresar a la sala de clases con este elemento. Su rostro humano y mal humorado cambiaba hulkianamente revelando a un orco desaforado exigiendo la inmediata remoción de tal sombrero veraniego. Afortunadamente no fui jamás víctima de sus crueles arrebatos verbales, ya que seré desplicente pero no a tal extremo.


El hecho concreto es que mi actitud es ejemplar dentro de la calaña portadora de este vicio. Usualmente no tienen consideraciones y su uso es impuesto aún frente a gente respetable, a los cuales se le debe presentar "respeto" (si es que se puede llamar respetable a algun individuo en los días contemporáneos).


Tal es la situación, que yo mismo me he vuelto presa de estos galanes, que con sus férreas displicencias usan la más diversa gama de sombreros, gorros, pañuelos, etc. mientras tomo el rol de docente. Sí, por increíble que parezca la vida da vueltas sorprendentes.


Es así que puedo comprender el mal humorado semblante de mi pasado instructor. No es agradable ver a alguien en esa actitud, menos con un gorro chantado en la cabeza.


Ahora solo puedo seguir con mi hábito fuera de recintos con gente. Me hace sentir mejor el hecho de portar mi yelmo de viscera, en el lugar adecuado, sin molestar a nadie ... y eso significa sin molestar a otros individuos, porque dudo que animal, vegetal o objeto inanimado me de reprimenda.


Al menos bien puedo decir que sí me saco el jockey.

viernes, 16 de julio de 2010

POPEYE

Años atrás, hacia la década de los 90, existía una tienda por la calle Armando Sanhueza, casi en la esquina de Errázuriz, un pequeño local de reducido espacio y escaza iluminación, en donde cientos de revistas en columnas se apilaban, presionadas unas contra otras, dispuestas a iniciar una carrera suicida hacia el suelo con el más mínimo golpe que las alentara. Allí, entre luces tenues que le bañasen, moraba el siempre astuto y vivaz POPEYE.

Era día viernes, las actividades del liceo acababan, y la libertad del fin de semana se presentaba como la esperada oportunidad para escaparse unas horas al local con los amigos. Sacar una revista vieja de la pila, hojearlas, leer un poco si con suerte corrías antes que el comentario habitual resonara en tus oídos: "¿por qué mejor no la compras?", y que te obligaba a devolverla. Eran las tardes del día Viernes, horas hojeando trastos viejos, revistas mampato, una que otra CIMOC gastada, las clásicas SUPERMAN y BATMAN que tanto pegaban en el momento, cientos de cosas y caras, las revistas que compran las señoras en sus casas y que rápidamente se deshacen de ellas para poder recuperar su gasto. A veces se veían revistas más antiguas, que uno no se explica como llegaban allí, pero aún así existían.

Pero nada de eso importaba, allí estaban los comics del momento, en la estantería. Algunos eran nuevos, cosa que provocaba el deseo de todo joven, poder leerlas. Allí estabas, frente a la Caída del Caballero Esmeralda, en su bolsa, deseo que infundado con el lúgubre y mágico ambiente gestado en ese cuarto a las 6 de la tarde (en primavera magallánica), en donde el polvo parecia bailar sobre las cabezas de las revistas, bajo la mirada del dueño entre las pilas al fondo, cerca de la estufa, no podías menos que recordar hasta el día de hoy esos instantes.

Y POPEYE siempre con su mirada, tras sus lentes, y oculto entre su barba atendía a sus clientes. La mayoría jóvenes, pero quién sabe quién más iba a parar en las horas en que los trolls estudiaban.

Hoy, POPEYE ya no está, y si está, no es en el mismo sitio.
Yacen en la memoria los momentos de esos viernes.